lunes, 30 de abril de 2012
“Sábado, 29 de Mayo 2004
Hoy conocí al amor de mi vida, David, fue su primera comunión y me mandó cartas.
Todo empezó cuando mi hermano Gian se fue de chismoso y les dijo a David y a sus amigos que a mi me gustaba [...]
...Me puse muy feliz y nos empezamos a mandar cartas.
[...] Antes de irnos le dije adios y le mande un beso.
Espero casarme con él“
No, no me averguenza realmente publicar mis anhelos y cursilerias infantiles. Creo que si alguna vez en mi vida escribí algo verdaderamente sincero y puro fue en ese diario. El diario empolvado y olvidado que yacía dentro de una caja en el ático de mi tía. Tenía un candado y, les digo, el candado de este diario no fue fácil de abrir; tuve que destrozarlo con un martillo.
Nunca he sido constante en nada, prueba de ello es esta libreta que tengo en mis manos la cual no logré llenar por razones que ya no recuerdo. Me hubiera gustado leer más y más, pero la niña de aquel entonces estaba más ocupada viendo caricaturas o jugando que escribiendo en un diario.
Y ahora lo pienso... en muchos muchos años me voy a divertir leyendo las cosas que me ocurren ahorita, en ese diario imaginario que no logro escribir. ¿Por qué? Me da miedo plasmar memorias y al mismo tiempo es para lo que vivo realmente.
Qué gracioso es pensar en el amor de tu vida cuando solo tenias 9 años. Qué fácil era decirlo y, a mi corta edad, en realidad sigue siendo así. Pero ahora se dice con más fuerza, con intensidad de un joven enamorado. Antes se decía con sencillez, sin importar cuánto perduraría o si tenian fuerza las palabras. Daba igual si era correspondido, o si se desvanecia al día siguiente. Era el amor de mi vida. Ese niño al que le gustaba montar en pequeñas motos y jugar con sus amigos en el patio de la primaria. Y que ahora es un tremendo idiota. Interesante “amor de mi vida“
Si que eran maravillosas las mañanas de fin de semana, cuando madrugaba por deseo y falta de sueño y nos sentábamos con mis hermanos en el cuarto de la tele a ver caricaturas sin ninguna preocupación. Y no es que ahora tenga muchas preocupaciones, al menos no importantes, sólo estúpidas cargas que yo sola me echo encima. Pero me asusta el hecho de pensar que está todo tan claro. Con cada cumpleaños aumentan los objetos en la espalda, cada día se vuelve más cercano el día del juicio, cada hora que pasa me doy cuenta de que mi vida se posa sobre un tablero del “Destreza“ y el reloj va contando los segundos que faltan para que la tabla bote y todas las piezas que no alcancé a poner en su lugar se queden en mi mano y pierdan su objetivo.
viernes, 23 de marzo de 2012
sábado, 21 de enero de 2012
Maletas listas
Un día escuché decir por ahí “Los dias pasan y no en vano“
Qué cosas.
Somos cambio de materia constante, sin duda.
¿Dónde estaba ayer? ¿Dónde estabas tú ayer? ¿A dónde hemos llegado? ¿Hemos sacado provecho al tiempo? ¿Estas en una mejor posición?
Probablemente yo me quedo, como siempre, en el mismo lugar donde he estado parada por muchos años. “Same position“ Claro que mi estatura ha cambiado, mi mente ha evolucionado, mi cabello ha crecido, mi sonrisa se ha transformado. Pero sigo parada en el mismo lugar.
Se van, viajan, desaparecen, se transforman, crecen, cambian. Move on. Brincan, encuentran su camino y lo recorren. Oigo sus voces a lo lejos, en el recuerdo y, en ocasiones, en el presente.
Son memorias las que cuelgan de mi cuello y solo, muy de repente, me doy el placer de sentarme a mirarlas un rato. Sólo un rato porque si me permito seguir así, podría quedarme por siempre viviendo del recuerdo. Y ya no soy así.
Pero claro, es normal, que piense en el pasado y quiera vivirlo de nuevo. Todos sienten eso. Y siempre se permite aplicar la de “El ayer era más fácil“ y pasan los años y repites la misma frase, sin saber que todos los ayeres eran aún más faciles. El tiempo cambia y complica las cosas. Y a pesar de todo queremos avanzar y avanzar a ver qué hay al final.
¿Qué camino recorro yo? Tú ya atraviesas el tuyo, tú te fuiste y no sé si en mi vida vuelva a verte, tú te haz olvidado de mí, tú ya estás en otra etapa a la que siempre quisiste llegar. ¿Yo? Same position. Always. For sure.
Pero no me entristezco, he llegado a un punto en el que lo comprendo y me acepto. Sé que mi vida se basará en la misma posición por siempre, porque como mi perfil psicológico y ancestral dice: Soy sedentaria y virgen. Y aunque ni yo misma me la crea, es verdad y lo respeto.
Claro que voy a caminar, voy a tranformarme, voy a irme. Pero siempre será la misma posición tan pesada que no puedo cambiar, porque eso soy yo.
No quiero quedarme en el “Veo que te vas“ Quiero que me vean irme. Quiero que agiten la mano, se despidan y se pregunten si van a volver a verme. Y así será.
Same position.
Pero voy a desaparecerme. A no volver. A no volver a verlos. Por mucho tiempo. Un periodo para mí. Y es todo lo que quiero. No es huida. Es mi propio rescate. Al fin realizado.
Lo veo venir.
Qué cosas.
Somos cambio de materia constante, sin duda.
¿Dónde estaba ayer? ¿Dónde estabas tú ayer? ¿A dónde hemos llegado? ¿Hemos sacado provecho al tiempo? ¿Estas en una mejor posición?
Probablemente yo me quedo, como siempre, en el mismo lugar donde he estado parada por muchos años. “Same position“ Claro que mi estatura ha cambiado, mi mente ha evolucionado, mi cabello ha crecido, mi sonrisa se ha transformado. Pero sigo parada en el mismo lugar.
Se van, viajan, desaparecen, se transforman, crecen, cambian. Move on. Brincan, encuentran su camino y lo recorren. Oigo sus voces a lo lejos, en el recuerdo y, en ocasiones, en el presente.
Son memorias las que cuelgan de mi cuello y solo, muy de repente, me doy el placer de sentarme a mirarlas un rato. Sólo un rato porque si me permito seguir así, podría quedarme por siempre viviendo del recuerdo. Y ya no soy así.
Pero claro, es normal, que piense en el pasado y quiera vivirlo de nuevo. Todos sienten eso. Y siempre se permite aplicar la de “El ayer era más fácil“ y pasan los años y repites la misma frase, sin saber que todos los ayeres eran aún más faciles. El tiempo cambia y complica las cosas. Y a pesar de todo queremos avanzar y avanzar a ver qué hay al final.
¿Qué camino recorro yo? Tú ya atraviesas el tuyo, tú te fuiste y no sé si en mi vida vuelva a verte, tú te haz olvidado de mí, tú ya estás en otra etapa a la que siempre quisiste llegar. ¿Yo? Same position. Always. For sure.
Pero no me entristezco, he llegado a un punto en el que lo comprendo y me acepto. Sé que mi vida se basará en la misma posición por siempre, porque como mi perfil psicológico y ancestral dice: Soy sedentaria y virgen. Y aunque ni yo misma me la crea, es verdad y lo respeto.
Claro que voy a caminar, voy a tranformarme, voy a irme. Pero siempre será la misma posición tan pesada que no puedo cambiar, porque eso soy yo.
No quiero quedarme en el “Veo que te vas“ Quiero que me vean irme. Quiero que agiten la mano, se despidan y se pregunten si van a volver a verme. Y así será.
Same position.
Pero voy a desaparecerme. A no volver. A no volver a verlos. Por mucho tiempo. Un periodo para mí. Y es todo lo que quiero. No es huida. Es mi propio rescate. Al fin realizado.
Lo veo venir.
lunes, 2 de enero de 2012
Calle Hidalgo no.15
Él también era pizzero. Vestía de una manera muy parecida, pero el olor era distinto. Papá olía a carbón con harina, mientras que él despedía una escencia a queso derretido con tomate fresco. A lo mejor por eso me fije en él, probablemente su olor fue lo primero que mis sentidos captaron, ya después estudié sus otros rasgos.
Su cara estaba llena de harina, acababa de hacer veinticinco pizzas y se encontraba sentado en la banqueta de la calle Relox. Sacudía sus manos con frecuencia, miraba a la calle y luego al cielo. Parecía esperar algo.
¿Dónde estaba yo? Parada en la esquina entre Relox y Mesones. En mi mente canturreaba la tonada de “Michelle“ mientras lo miraba y luego me reí al darme cuenta de lo ridícula que era aquella escena.
La primera vez que hablamos fue varias horas después de aquello, cuando decidí que lo más barato que podría cenar sería un chocolate caliente en la cafeteria de la calle Hidalgo. Vaya sorpresa que me dió el destino cuando al asomarme en la cocina la mirada de aquella mañana me vió de reojo y pareció reconocer en mi casi disimulada expresión de asombro a aquella mirona de la esquina.
Me senté en la mesa más alejada de la cocina y de las personas, pedí un chocolate amargo y espeso con dos churros, por favor.
La música que me ofrecía aquella pequeña y tierna cafeteria me acogió muy bien desde el principio y entonces vino el mesero a traer el pedido. Fue ahí cuando el aroma llegó por primera vez y sonreí al captar la similitud con los olores que habían llenado mi vida pasada; laurel, tomate, queso, harina, albahaca y un toque de papas al vapor.
Las manos del mensajero pusieron frente a mí una taza de chocolate ardiendo y un plato con churros que parecian recien horneados.
¿Necesita algo más?
Las palabras que cruzaron mis oidos venían con un olor a pasado aún más penetrante, entonces tuve que desviar mi mirada de los churros y elevarla para sonreír y estudiar al portador de tan familiar olor.
No, gracias.
Ya no tenía harina en la cara pero esas expresiones vagas seguían presentes, no, no tenia unos ojos hermosos y penetrantes, si no más bien calmados y fáciles de probar. Y realmente su cabello no me llamó la atención, asi como tampoco su voz sonaba al canto de un ángel. Era, probablemente, el conjunto de tantas imperfecciones lo que hacía que el mesero se robara mi mirada. Tenía un rostro demasiado humano. Demasiado fácil de apreciar. No había ningun tipo de compromiso, de expectativa, de creencia o de prejuicio mientras me miraba con una leve sonrisa llena de educación.
Asiente. Se retira. Me quedo sola.
Vuelvo a la mañana siguiente por un jugo de naranja.
Su cara estaba llena de harina, acababa de hacer veinticinco pizzas y se encontraba sentado en la banqueta de la calle Relox. Sacudía sus manos con frecuencia, miraba a la calle y luego al cielo. Parecía esperar algo.
¿Dónde estaba yo? Parada en la esquina entre Relox y Mesones. En mi mente canturreaba la tonada de “Michelle“ mientras lo miraba y luego me reí al darme cuenta de lo ridícula que era aquella escena.
La primera vez que hablamos fue varias horas después de aquello, cuando decidí que lo más barato que podría cenar sería un chocolate caliente en la cafeteria de la calle Hidalgo. Vaya sorpresa que me dió el destino cuando al asomarme en la cocina la mirada de aquella mañana me vió de reojo y pareció reconocer en mi casi disimulada expresión de asombro a aquella mirona de la esquina.
Me senté en la mesa más alejada de la cocina y de las personas, pedí un chocolate amargo y espeso con dos churros, por favor.
La música que me ofrecía aquella pequeña y tierna cafeteria me acogió muy bien desde el principio y entonces vino el mesero a traer el pedido. Fue ahí cuando el aroma llegó por primera vez y sonreí al captar la similitud con los olores que habían llenado mi vida pasada; laurel, tomate, queso, harina, albahaca y un toque de papas al vapor.
Las manos del mensajero pusieron frente a mí una taza de chocolate ardiendo y un plato con churros que parecian recien horneados.
¿Necesita algo más?
Las palabras que cruzaron mis oidos venían con un olor a pasado aún más penetrante, entonces tuve que desviar mi mirada de los churros y elevarla para sonreír y estudiar al portador de tan familiar olor.
No, gracias.
Ya no tenía harina en la cara pero esas expresiones vagas seguían presentes, no, no tenia unos ojos hermosos y penetrantes, si no más bien calmados y fáciles de probar. Y realmente su cabello no me llamó la atención, asi como tampoco su voz sonaba al canto de un ángel. Era, probablemente, el conjunto de tantas imperfecciones lo que hacía que el mesero se robara mi mirada. Tenía un rostro demasiado humano. Demasiado fácil de apreciar. No había ningun tipo de compromiso, de expectativa, de creencia o de prejuicio mientras me miraba con una leve sonrisa llena de educación.
Asiente. Se retira. Me quedo sola.
Vuelvo a la mañana siguiente por un jugo de naranja.
lunes, 14 de noviembre de 2011
Me duele algo en el pecho. Algo más allá de todo.
Me duelen las ilusiones, los recuerdos, estos sonidos, me duelen las sonrisas, los chistes, el amanecer, los libros, las caminatas, las aburridas tardes, las confusiones.
Me duelen incluso las imágenes, porque ya no existen en mí, tomaron su rumbo y me dejaron aquí sentada. Las imágenes. Las imágenes a 24 cuadros por segundo, que se fueron junto con la paz y la fe.
Me duelen incluso esas canciones. Esas canciones por las cuales ya no siento nada.
Esas palabras, me duelen esas palabras, que ya no salen con facilidad. Que me traicionan. Que me miran aburridas e indiferentes y ya no quieren estar aquí. Esas palabras que se dan la vuelta y se van a dormir. Y tienen mucho tiempo dormidas.
Me duelen las ilusiones, los recuerdos, estos sonidos, me duelen las sonrisas, los chistes, el amanecer, los libros, las caminatas, las aburridas tardes, las confusiones.
Me duelen incluso las imágenes, porque ya no existen en mí, tomaron su rumbo y me dejaron aquí sentada. Las imágenes. Las imágenes a 24 cuadros por segundo, que se fueron junto con la paz y la fe.
Me duelen incluso esas canciones. Esas canciones por las cuales ya no siento nada.
Esas palabras, me duelen esas palabras, que ya no salen con facilidad. Que me traicionan. Que me miran aburridas e indiferentes y ya no quieren estar aquí. Esas palabras que se dan la vuelta y se van a dormir. Y tienen mucho tiempo dormidas.
Los dias pasan como agua en la tierra, se estancan, cambian de dirección, se ensucian. Son lentos, resbaladizos, molestos.
Pasan los dias. Pasan los meses. Pasas tú. Pasa un año de escondites.
Tu voz me recuerda a aquella vaga noche en la planta baja de mi casa, a través del teléfono, tu voz no sonaba suave. No. No.
Pasan los dias. Pasan los meses. Pasas tú. Pasa un año de escondites.
Tu voz me recuerda a aquella vaga noche en la planta baja de mi casa, a través del teléfono, tu voz no sonaba suave. No. No.
jueves, 15 de septiembre de 2011
Crónica ll. Toma 2.
Pagó la habitación. Recibió las llaves. Sonrió hipócritamente al recepcionista y subió las escaleras lentamente. Se dio cuenta en el momento en el que entró al cuarto que realmente era un motel viejo y eso lo hacia aún más romántico.
Sentado al lado de la ventana empañada, soñó despierto con la mujer de labios rojos que abriría la puerta y entraría decidida a hacerle el amor. Ella llevaría un vestido verde, verde esmeralda. Pensó que tal vez un azul rey no estaría mal pero entonces la recordaría a ella y probablemente comenzaria a ver su rostro en todas partes y querría enamorarla una vez más con alguna canción robada a su guitarra. Su mente se empezó a llenar de ella, imágenes cubrían sus ojos y el perfume de la encantadora joven lo inhundaba. Entonces él se sacudió la cabeza y fue a mojarse la cara.
La mujer del vestido verde esmeralda lo esperaba afuera, ansiosa, bellísima. Él sale y la mira, comienza a pensar cómo va a quitarle ese precioso vestido. No parece tarea fácil. Ella sonríe, nota la preocupación en el rostro del amante y se pone de pie frente a él, le besa los labios y luego se da la vuelta.
Él despierta de la ensoñación, mira la habitación lúgubre y sucia y regresa los ojos hacia la ventana. Su auto está estacionado por fuera, su auto negro y viejo. El auto en el que ella se había atrevido a besarlo por primera vez. Entonces él lo recuerda; ella estaba nerviosa, sus bromas y su risa la delatan. Entonces pone alguna canción en la radio, cualquiera para calmar su tensión. Curiosamente aparece una con un piano, un piano que la hace sentir cómoda. Él pregunta cuántas veces ha deseado morir al lado de alguien. Ella contesta que muchas veces ha deseado vivir al lado de alguien. Entonces él, sorprendido por la respuesta, no puede contenerse y se acerca para besar su mejilla. Acto seguido le roza los labios con sus dedos, luego con su boca.
La mujer del vestido verde esmeralda pasea por la habitación mientras se suelta el cabello, comienza a deslizar el vestido por sus hombros hasta quitárselo por completo, después se suelta los tacones. Mira al amante con mirada seductora.
Él se pone de pie y se acerca al viejo espejo que está al fondo de la pequeña habitación. Ella le habla, le dice que ese es el único vestido que la convence. Él se da la vuelta y la mira; lleva un vestido azul rey y da vueltas frente al espejo. Su timidez solo le permite decir que luce muy bien, que es un color bonito. Ella sonríe.
Él decide sentarse en la cama, se sirve un vaso de tequila y se lo toma de un trago.
Ella está desnuda sobre la cama, con una sábana roja sobre ella. Tiene una copa de vino tinto en su mano izquierda, la acerca a sus labios y bebe lentamente. Sus piernas estan descubiertas.
Él está sentado en el piso del sucio baño del motel. Juega con la botella de tequila.
Ella le da la botella de liquido amarillo y le dice que no quiere la botella, que ya todo está decidido, que no puede estar más así, que lo siente pero que tiene que seguir con su vida, que encontró a alguien más. Sube al auto y arranca. Él está destrozado.
Todo se vuelve negro, esuchamos el derrape de las llantas, un estruendo y un golpe.
Vemos al solitario protagonista sentado junto a la ventana, ahora está vestido con un traje negro, en un plano a detalle podemos apreciar unas flores blancas en su mano derecha. Las tira al suelo, se quita el saco y sonríe. Sube a la cama y toca los pies de la joven.

Fade out.
Sentado al lado de la ventana empañada, soñó despierto con la mujer de labios rojos que abriría la puerta y entraría decidida a hacerle el amor. Ella llevaría un vestido verde, verde esmeralda. Pensó que tal vez un azul rey no estaría mal pero entonces la recordaría a ella y probablemente comenzaria a ver su rostro en todas partes y querría enamorarla una vez más con alguna canción robada a su guitarra. Su mente se empezó a llenar de ella, imágenes cubrían sus ojos y el perfume de la encantadora joven lo inhundaba. Entonces él se sacudió la cabeza y fue a mojarse la cara.
La mujer del vestido verde esmeralda lo esperaba afuera, ansiosa, bellísima. Él sale y la mira, comienza a pensar cómo va a quitarle ese precioso vestido. No parece tarea fácil. Ella sonríe, nota la preocupación en el rostro del amante y se pone de pie frente a él, le besa los labios y luego se da la vuelta.
Él despierta de la ensoñación, mira la habitación lúgubre y sucia y regresa los ojos hacia la ventana. Su auto está estacionado por fuera, su auto negro y viejo. El auto en el que ella se había atrevido a besarlo por primera vez. Entonces él lo recuerda; ella estaba nerviosa, sus bromas y su risa la delatan. Entonces pone alguna canción en la radio, cualquiera para calmar su tensión. Curiosamente aparece una con un piano, un piano que la hace sentir cómoda. Él pregunta cuántas veces ha deseado morir al lado de alguien. Ella contesta que muchas veces ha deseado vivir al lado de alguien. Entonces él, sorprendido por la respuesta, no puede contenerse y se acerca para besar su mejilla. Acto seguido le roza los labios con sus dedos, luego con su boca.
La mujer del vestido verde esmeralda pasea por la habitación mientras se suelta el cabello, comienza a deslizar el vestido por sus hombros hasta quitárselo por completo, después se suelta los tacones. Mira al amante con mirada seductora.
Él se pone de pie y se acerca al viejo espejo que está al fondo de la pequeña habitación. Ella le habla, le dice que ese es el único vestido que la convence. Él se da la vuelta y la mira; lleva un vestido azul rey y da vueltas frente al espejo. Su timidez solo le permite decir que luce muy bien, que es un color bonito. Ella sonríe.
Él decide sentarse en la cama, se sirve un vaso de tequila y se lo toma de un trago.
Ella está desnuda sobre la cama, con una sábana roja sobre ella. Tiene una copa de vino tinto en su mano izquierda, la acerca a sus labios y bebe lentamente. Sus piernas estan descubiertas.
Él está sentado en el piso del sucio baño del motel. Juega con la botella de tequila.
Ella le da la botella de liquido amarillo y le dice que no quiere la botella, que ya todo está decidido, que no puede estar más así, que lo siente pero que tiene que seguir con su vida, que encontró a alguien más. Sube al auto y arranca. Él está destrozado.
Todo se vuelve negro, esuchamos el derrape de las llantas, un estruendo y un golpe.
Vemos al solitario protagonista sentado junto a la ventana, ahora está vestido con un traje negro, en un plano a detalle podemos apreciar unas flores blancas en su mano derecha. Las tira al suelo, se quita el saco y sonríe. Sube a la cama y toca los pies de la joven.
Fade out.
viernes, 19 de agosto de 2011
Choo choo train
Te fuiste, puedo oler en el aire tu ausencia y cuando lo hago, mi corazón se aprieta en su rincón y me implora que no lo llame al exterior.
Trato de evadir toda canción que me recuerde a ti, porque sé que podrás oirla a través de mis lágrimas y los kilometros, por más lejos que te encuentres, amigo. Y lo último que quiero es que escuches mis sollozos. No. Y tampoco yo quiero escucharlos.
No quiero oir los tuyos, quiero saber que haces que valga la pena cada minuto, quiero saber que nuestro sufrimiento es parte de todo el aprendizaje y que vale la pena cada lágrima que dejamos escapar, tú y nosotros. Debes hacerlo. De otra forma, si no lo aprovechas y te deprimes, no estarás traicionando. Y todo, todo... habrá sido una pérdida de tiempo.
Ya veo el día de tu regreso, no está tan lejos de aquí y a la vez están tan retirado que mi corazón se apachurra una vez más. Y se me cae el alma los pies.
Te imagino llegando, con una sonrisa, el cabello alborotado y largo. Los ojos brillosos de tanta alegría acumulada y en tu mente corren recuerdos de otro país y, entonces, es cuando deseas haber estado más tiempo allá. Nos miras, te alegras, la abrazas a ella.
Estás ahora lejos, lejos de donde nosotros. Nosotros nos quedamos aqui, y aún respiramos el aire que atravesó tus pulmones. Sentimos tu ausencia pero, por otro lado, percibimos tu presencia, tu esencia.
Todo tú está con nosotros, porque como la mujer de tu vida dijo hace justo una semana “Está dentro de nosotros“ Pues si, amigo, estás dentro de nosotros, asi como ana está dentro de nosotros. Y todos.
Aunque debo decir que si, si dependemos fisicamente de ti, pero tendremos que aprender a no hacerlo por 10 meses, a saberte cerca aunque no te veamos, a sentirte, porque estás aqui. Porque esta ciudad de cantera rosa no olvida tu perfume, ni tu sonrisa, ni tu talento, ni tu voz, ni tu amor, tu luz, tu corazón. Siempre estás aqui. Siempre, Sergio.
Trato de evadir toda canción que me recuerde a ti, porque sé que podrás oirla a través de mis lágrimas y los kilometros, por más lejos que te encuentres, amigo. Y lo último que quiero es que escuches mis sollozos. No. Y tampoco yo quiero escucharlos.
No quiero oir los tuyos, quiero saber que haces que valga la pena cada minuto, quiero saber que nuestro sufrimiento es parte de todo el aprendizaje y que vale la pena cada lágrima que dejamos escapar, tú y nosotros. Debes hacerlo. De otra forma, si no lo aprovechas y te deprimes, no estarás traicionando. Y todo, todo... habrá sido una pérdida de tiempo.
Ya veo el día de tu regreso, no está tan lejos de aquí y a la vez están tan retirado que mi corazón se apachurra una vez más. Y se me cae el alma los pies.
Te imagino llegando, con una sonrisa, el cabello alborotado y largo. Los ojos brillosos de tanta alegría acumulada y en tu mente corren recuerdos de otro país y, entonces, es cuando deseas haber estado más tiempo allá. Nos miras, te alegras, la abrazas a ella.
Estás ahora lejos, lejos de donde nosotros. Nosotros nos quedamos aqui, y aún respiramos el aire que atravesó tus pulmones. Sentimos tu ausencia pero, por otro lado, percibimos tu presencia, tu esencia.
Todo tú está con nosotros, porque como la mujer de tu vida dijo hace justo una semana “Está dentro de nosotros“ Pues si, amigo, estás dentro de nosotros, asi como ana está dentro de nosotros. Y todos.
Aunque debo decir que si, si dependemos fisicamente de ti, pero tendremos que aprender a no hacerlo por 10 meses, a saberte cerca aunque no te veamos, a sentirte, porque estás aqui. Porque esta ciudad de cantera rosa no olvida tu perfume, ni tu sonrisa, ni tu talento, ni tu voz, ni tu amor, tu luz, tu corazón. Siempre estás aqui. Siempre, Sergio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)